Partir

Mercurial future forget the past

Leaving New York, R.E. M.

Le gustaba descansar en la ventana de su pieza. Poco le daba más satisfacción que desde ahí, aletargado, observar a la distancia el pasar de la gente en la calle, en el parque, entre árboles y juegos infantiles. Lamentablemente, sus últimos “pensamientos de ventana” como les llamaba no eran del todo alegres. Ya sabía que tendría que dejar esa ventana, dejar ese departamento y volver a buscar otro lugar. Con su mujer habían terminado hace un par de meses y él, a petición de ella, había cedido la tenencia del hogar y aceptado el desafío de partir.

En la ventana con un té en la mano desayunaba mientras ella dormía. Habían decidido también que él se quedara ahí hasta que encontrara dónde vivir. Lo que al comienzo fue una buena idea por asuntos logísticos hoy era un problema de intimidad y espacios en los que se jugaba todos los días la esperanza de “no terminar tan mal”, de ser amigos incluso. Él había empezado a salir con una mujer y sin poder asegurarlo, sabía que el aire había cambiado cuando él también ya lo hizo.

Pensaba, por primera vez, que ahora otro, o tal vez ella, se tendría que hacer cargo de la labor de observar por la ventana a quienes pasen por su calle. Ahí se vio, él mismo en la calle, en un mes, mirando el departamento con la extraña esperanza de encontrar a alguien mirándolo de vuelta, la extraña tranquilidad de saber que todavía en su casa alguien sabía apreciar el valor de ese punto de observación, que alguien iba a reproducir ese ejemplo voyerista para que su hijo, ya más grande, repitiera el gesto y lo espere ahí, contemplativo, detenido y hermoso a que él llegue y lo lleve al colegio.

Esa mañana por la ventana entraba la luz tempranera y esta, sin pudor de molestar, golpeaba el rostro de ella y su hijo, quien dormía calcando la postura de su madre como si fuera un espejo en diminuto. Mientras observaba ese yin yang filial tomó su celular y avanzó por la pieza. No quería despertarlos pero sabía que es luz se iría, que este momento ya no se repetiría y no podía no dejar registro de lo que observaba. Sabía también que esto afectaría directa y negativamente su plan de amistad pero no se detuvo y ya sobre ambos, estirando los brazos, tomó la foto.

Como toda la mañana, sin tener mucha claridad por qué hacía lo que hacía, se mandó la foto al correo y en la antigua impresora que había heredado de una ex oficina de su padre, la imprimió. Atrás, a modo de despedida en código vengativo le escribió una frase de la primera canción que figuró en la lista de coincidencias-sentimentales-dolorosas desde que terminaron: “I told you if i love you, i love you forever”. Todo un himno de R.E.M., le va gustar pensó mientras dejaba la foto sobre la mesa de comedor. Tomó sus cosas y salió sin despertar a nadie.

Pero su partida, todavía no definitiva, lo vio volver sobre sus pasos, entrar nuevamente al departamento, dormir unas noches más y contemplar por la ventana otras tantas mañanas. De la foto no se acordaba y no habían conversado nada al respecto. Después, ya en una nueva ventana, mientras leía, apareció doblada entre las páginas del libro y, al leer la respuesta, supo que ella había entendido la canción mucho mejor que él: “It’s easier to leave than to be left behind”.

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Conocerás mis pies

In dreams, emotions are overwhelming.

La ciencia del sueño, Michel Gondry.

                No pasa tan seguido, una, dos veces al año máximo. A veces sucede que no te logras acordar cuándo soñaste eso que ahora juras estás viviendo de forma idéntica a la sensación que permaneció contigo después de despertar un día cualquiera, un día que, a diferencia del que acabas de tener, va quedar en el olvido, o totalmente ensombrecido por lo estremecedor del presente, donde podrías jurar que tu cerebro, o esa parte de tu mente donde se generan los sueños, tiene la capacidad de, de tanto en tanto, mostrarte unos segundos de tu futuro y de hacerte creer que serás capaz de saber qué te deparará la vida cada noche que caes dormido.

Estos sueños no me ocurren muy a menudo, de hecho, por lo general sueño con ciertas cosas, algo así como “escenas” o “imágenes”, que me dejan una vaga sensación al despertar, algunas veces un desconcierto, pero su fuerza es menor a la de, por ejemplo, el temor propio de una pesadilla o el alivio de despertar de esta. Por lo mismo, al igual que ese noche en que soñaste algo que vivirías días, meses o incluso años después, la sensación también desaparece con el tiempo, solo para regresar de forma inesperada, sin previo aviso, y sacudirnos completamente.

El más nítido de estos sueños premonitorios que recuerdo me ocurrió a la semana de haber entrado a la universidad. Era el año 2008 y una noche soñé lo siguiente: estaba acostado en una cama y esta no era la mía, la ventana a mi derecha estaba abierta de par en par y yo solo tenía puesto mi calzoncillo, afuera estaba oscuro, era claramente de noche, pero ni mi desnudez ni la ventana abierta me hacían sentir frío. Al lado mío había una mujer. Ella estaba en piyama, pero claramente de verano y ninguno de los dos nos tapábamos con las sabanas. Su piel era blanca, la que contrastaba completamente con la mía, aún más oscura gracias a la contraluz de la ventana abierta. Pequeñas pecas cubrían en detalle sus hombros. Ella se giraba a mirar el techo o a mirarme a mí, me contaba cosas y cada una la acercaban hacia mí. Nuestros pies se rozaban, nuestras manos también, a veces se apoyaba en mi pecho, pero yo era incapaz de ver quién era o saber si acaso la conocía. Sentía que nuestra proximidad indicaba una relación íntima y que yo disfrutaba plenamente ese momento, pero de aquella conversación solo logré retener una frase: “imagínate alguien nos hubiera dicho que, de todos los pies, yo conocería los tuyos y tú los míos”.

Me desperté como si hubiera pasado una noche con alguien, con esa sensación matutina de un despertar compartido, con besos que abren los ojos. Era un niño en ese entonces, pero aun así supe identificar una sensación que no experimentaría después. Hubo un tiempo en que busqué, traté de reconocer a alguien que fuera como en mi sueño, las pecas, su voz, pero nada ni nadie apareció así. Con los días, como pasa con demasiadas cosas, dejé detrás ese sueño por otros que vinieron a tomar su lugar y mi vida continuó su curso: avancé en mis ramos, hice amigos, salí con compañeras, estuve en relaciones largas con dos de ellas, conocí la sensación de un despertar compartido, pero en ningún momento regresó ese sueño a mí.

Casi 10 años después conocí a alguien en el trabajo que, en retrospectiva, cumplía los criterios (¿o era yo quien quería que los cumpliera?), pero para entonces ya había olvidado ese momento como para siquiera haber pensado que podría ser ella. No tardé en reconocerla de la universidad, estaba seguro que había estudiado en mi misma facultad y así lo me lo confirmó después. Vivíamos cerca por lo que nos empezamos a ir juntos al colegio, todos los días. Rápidamente lo que era una ayuda para llegar al trabajo se transformó en una amistad donde primaba un deseo voraz por conversar, por solucionar la educación y el entorno, por tomar cervezas mientras hablábamos sobre los problemas que nos aquejaban, tanto del colegio como personales, en fin, por reír y alegrar los días difíciles de una profesión desgastante. En ningún momento pensé que iba a conocer sus pies, es decir, con la seguridad de lo que sabes completamente cierto, pero si hubo un momento en que los quise conocer. Bailando nos vimos de otra forma, buscando otras cosas, y, como dicen, una cosa llevó a la otra, a un primer beso que ninguno recuerda muy bien, pero del cual hemos construido incontables recreaciones, donde a veces soy yo el que inició todo y otras tantas ella la que dio el primer paso. Y con su aparición, cuando vi sus pies, volvió a mí el sueño y con él la incertidumbre de si acaso serían estos los pies que tenía que conocer. No lo podía garantizar y eso me destruía por dentro. Pensé todas las posibilidades imaginables, hablarle la próxima vez que la viera del azar de habernos topado justo ahora, que especuláramos sobre todas esas veces que nuestros caminos casi se juntaban en la facultad, en la comuna donde ambos vivimos de niños o las tantas veces que estuvimos en la misma playa sin saberlo, preguntarle qué le hubiera pasado si en esa primera semana de universidad alguien le hubiera dicho que conocería mis pies, qué hubiera hecho, si acaso me habría buscado, si algo hubiese sido diferente… pero yo sabía que todavía no había dicho esas palabras que escuché en mi sueño, sabía que, si acaso era ella, yo no podía forzar la situación. Para bien o para mal, no tardé en salir de mi duda, pues a los dos meses de haber “empezado algo” y después de 10 años, volví a escuchar esa frase. Estaba en su casa, la ventana de su pieza estaba abierta y tras ella entraba solo luz de noche, una luz de departamentos dormidos. Acostados sobre su cama, con nuestros pies levemente rozándose y las pecas de sus hombros idénticas a las que soñé, supe que era ese momento, y lo supe de forma tan segura que no me importó quién empezaba a hablar. Me lancé y hablé del azar y las coincidencias, de la rareza que era toparnos después de tanto tiempo para recién ahora conocernos. Y hablé de los sueños, de lo extraños que son, sobre todo los que son premonitorios. Quería decirle lo que había escuchado años atrás, que juraba era ella con quien había soñado, pero me demoré y ella, aprovechando mi pausa, me contó sobre un sueño que había tenido el otro día, que lo había sentido muy real. Había soñado que estaba al lado de alguien, acostada en una cama a la cual le entraba poca luz y ella, por el contraste de su piel, no podía saber quién era el que, sin previo aviso, le decía: “imagínate alguien nos hubiera dicho que, de todos los pies, yo conocería los tuyos y tú los míos”.

Me callé, y entendí que, realmente, no habíamos empezado nada.

No ficción, una historia personal

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Unos años atrás tuve una relación complicada. Lo era por muchas cosas, y todas juntas hacían pensar a varios por qué están juntos, y así me lo hicieron saber.

Uno en esa situación defiende lo que uno quiere. Y yo la quería, y mucho. Pero solo me limitaba a defender lo que se observaba, lo que ella mostraba al resto conmigo, y no lo que sucedía en privado, que siempre fue más complicado, pero también fue el espacio en que se cultivó el cariño que me permitía defender lo que hoy considero indefendible. (La salvedad del cariño es traicionera, pienso y entiendo ahora, cuatro años después).

Sin entrar en detalles, hubo un minuto en que me cansé, en que no pude defender más. Suena simple, pero el cansancio es una bestia fácil de alimentar, aunque también fácil de mantener a raya. La posibilidad de un amor sin dificultades, de sentir a otra persona feliz porque te preocupas y haces algo al respecto, era mayor alimento a mi perseverancia que cualquier cosa. Y el cansancio me ganó la pulseada solo cuando me vi entre el amor por una persona, y el amor por aquellos que me hacían ser persona.

Pasaron los años, me involucré con otras personas, me puse a pololear nuevamente, y ella desapareció del mapa, junto con las amistades de ella y que yo tanto había llegado a querer con el tiempo. Aún así, fue un tiempo de felicidad, pero sobre todo de calma.

Más tarde la relación nueva en que estaba se vió interrumpida. Terminamos por un tiempo (no sabíamos en ese entonces que solo sería un tiempo) y cada uno hizo lo que tenía que hacer. Recuerdo que lo que más hice fue escribir. Estaba sin pega y escribía un cuento diario. De hecho, dos o tres cuentos publicados en este blog nacen en ese tiempo. Pero también me junté con gente que no veía hace mucho. Entre ellos, ella.

Y fue positivo, limamos asperezas, conversamos del pasado juntos y del pasado alejados, volvimos sobre esos días finales y nos pedimos perdón por esos espacios de intimidad que fueron quebrados y dieron paso al cansancio y al dolor. Me mostró música que no había escuchado, pero que parecía como si me la hubiera mostrado la primera semana en que la conocí y solo eramos amigos, cada uno con otras parejas. Envidié sus nuevos libros y me alegré que mantuviera todos los que le regalé. Nos sacamos cosas en cara y nos encaramos por cobardía. Pero me fui feliz, sobre todo de verla bien, de verla contenta.

Ese reencuentro, tan propio, es el motivo detrás de la novela No ficción de Alberto Fuguet. Dos hombres de cuarenta y pico y treinta y tantos se reúnen porque uno tiene la intención de escribir sobre lo que vivieron ambos durante ocho años de relación. El problema de ellos radica en que uno, el escritor, está en paz con su condición homosexual pero no con la relación o no-relación que tuvieron, y el otro, un depresivo e inconforme eterno con su existencia “escindida” (como él mismo se denomina), son incapaces de conciliar una verdad que deje tranquilos a ambos. El escritor, Alex, le propone al depresivo, Renzo, que salga del closet, que reciba el cariño que siempre le pidió pero del cual salió corriendo cuando era realmente importante. Renzo, en cambio, quiere que corte de hablarle como “maraco” y que acepte que él es alguien solitario y los problemas de esa soledad son de él y nadie más.

Ese contexto permite una novela en clave de diálogo extenso, y tal es la rudeza/conversación-plagada-de-clichés-a-propósito-e-irónicos  del texto que se siente como si los lectores tuviéramos un micrófono en ese caluroso cuarto en Santa Isabel o fuéramos vecinos imposibilitados de no escuchar a través de las paredes baratas y delgadas de ese “loft pobre”.

Su estructura en diálogo y su temática (tan personal) reafirman la idea del título que el autor expone en el comienzo de la conversación: esto no es ficción, es una autobiografía dolorosa en la única clave que le queda a Fuguet después de tanto años “escribiendo sobre chicos que gustan de chicas”, la clave de la verdad, el despojarse honestamente de los miedos que en algún momento lo atormentaron y que, en su relación “complicada” con otro hombre logró liberar, no tanto por valentía, sino que por el no menos valorable sentimiento de responder a sí mismo, de no engañarse más. La novela no es la autobiografía, lo es el despojo de ese miedo.

Creo, hoy después de leer No ficción, que muchos han sentido lo mismo, y mejor aún, que muchos todavía tienen que vivirlo. Pienso en mi profesor de literatura, amante de un compañero en la U, pero también padre de un niño, hincha de Católica, esposo de un rubia, fascinado con lo brit, e incansable lector de Fuguet y todo lo que tuviera pinta de homoerótico. Pienso en su acto de responder a sí mismo, si acaso ya llegó, si acaso ya tuvo esa conversación incómoda sobre lo que otro nos hizo sentir, sobre lo que otro sintió sobre nosotros, y si se encontró con la negatividad y dijo, como Renzo, “basta, no más”.

Yo lo tuve, pasé por algo similar con ella y también, como el protagonista, he pensado en escribirlo, en liberar esa historia para sacarla de mí, tal vez en parte lo estoy haciendo en este texto, pero quiero creer que, como Martín Romaña en la novela de Bryce Echenique, que no basta con solo escribirlo, que necesito comprar un cuaderno especial, un cuaderno rojo o uno azul y que sea el cuaderno azul de nuestra historia juntos, y mientras no lo tenga esa historia será parte de mi recuerdo, hasta que yo mismo diga basta.

 

 

Birdman, o la locura desatada

“Amó aquella vez como si fuese última”

Construccion – Chico Buarque

Hace un año empecé un borrador sobre Birdman, una película fantástica. Nunca lo terminé. No sé bien por qué lo deje de lado, el asunto es que se quedó rezagado y yo seguí escribiendo sobre otras cosas. Creo que fue la última película que vi con mi ex. Recuerdo que al salir del cine los dos manifestamos estar completamente asombrados por la magnitud de la película, pero por asuntos que nunca logré entender bien rápidamente nos entrábamos en una discusión sin importancia alguna (o así lo leo ahora, lo que ella encontrará extremadamente conveniente de mi parte). Discutimos, si no me equivoco, sobre el significado de la secuencia final, el vuelo que toma el protagonista con su hija observándolo desde la ventana del hospital en el que se baja el telón.

Recordé esto porque el sábado pasado pude ver nuevamente la película, y su magia se repitió, también las preguntas que me dejó, pero, sobre todo, me hizo abrir este borrador y reescribir el comienzo, pues caí en cuenta  que ahora, mientras tengo un sin fin de nimiedades que completar, es para mi más fundamental reescribir esa “discusión” (la cual me llevó a pensar que en este blog podía hacer mi descargas y encontrar la simpatía de alguna lector (qué idiota)) antes que cualquier otra cosa. ¿Por qué?

Bueno, porque esas discusiones responden a la duda mayor de la película y, sobre todo, a la duda soberana de Carver: ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor?

Ya no recuerdo si yo creía que ese salto por la ventana era una metáfora. Si era ella la que lo pensaba. O, peor, y probablemente la respuesta correcta, si éramos los dos, y mis impulsos confrontacionales junto a su testarudez nos incomunicaban hasta el punto de regresar a su departamento con la posibilidad de sexo casi ahogada.

Pero en ese diálogo, en ese intento mutuo de salvar la excitación que te puede producir una obra de arte, ahí hay una conversación de amor. No del amor absoluto que grita uno de los actores, pero si de un amor en construcción, que, como la canción, se enreda en su propias palabras (cuánto se de esto, pienso ahora). Ahora lo creo. Hablamos de amor cuando construimos, y destruimos cuando lo dejamos de hacer. ¿El problema es querer construir lo mismo, o querer construir juntos? Eso no lo sé.

Dejo hasta acá el recuerdo, satisfecho. La película logró las dos veces que la he visto que hablara de amor, que hablara con alguien de amor, incluso, que amara, asunto en extremo complicado. Es decir, esta le rindió completos honores a Carver, tal como él valoró su vida:

-And did you get what you wanted from this life, even so?

– I did.

– And what did you want?

-To call myself beloved, to feel myself beloved on this earth.

Raymond Carver – Late Fragment

Lo que sigue es el borrador que escribí en ese entonces. Sean libre de leerlo, malo no es, completo tampoco.

Es impresionante lo complicado que puede ser ponerse de acuerdo sobre asuntos relativamente simples: te gustó la película?, entendiste el final?, etc. En fin, mejor desatar el nudo antes que encontrar la parte donde tú y otro ser humano coinciden de manera perfecta.

Birdman, or (The unexpected virtue of ignorance) es, a mi parecer, una película subdividida en un sin fin de, digámosle, secciones. Están las secciones espaciales: el teatro de broadway, también subdividido en camarines, pasillos, escenario, entretecho, butacas, lobby y azotea. Están las secciones musicales, primero que nada, la repentina batería que suena sin (casi) saber de dónde proviene, y segundo, la liviana y flotadora música clásica que acompaña el vuelo del protagonista (un notable Michael Keaton). Está la sección mayor (en escala) que es Nueva York: sus callejones, sus bares, sus luces, sus espacios públicos, la gente de Nueva York que transita por esos espacios (desde un tipo disfrazado de Spiderman a las 9 pm hasta una oficinista que, mientras habla por teléfono, camina apurada comiendo pizza de una caja familiar que lleva en las manos), su constante estado de actividad y de metrópolis en constante reparación, como si nunca no tuviera una cañería rota que maquillar. No se debe olvidar la sección cibernética o tecnológica de la película, una especie de telón de fondo que graba y registra todo, tanto así que lo que es vergonzoso para ti en internet puede ser una mina de oro o tu tumba. Y, finalmente, está la sección de los personajes. Son estos los que, magistralmente, saltan de una sección a otra vinculando cada una como si fuera un laberinto y un rompecabezas a la vez, pues sigues a cada uno por una vía distinta, en cada uno confías para que te lleven a la salida, y ellos no hacen más que realizar su trayecto normal hasta que te pierdes o cambias al trayecto de otro personaje y solo queda unir las partes más tarde.

En este momento, solo uno es el personaje que me interesa, el de Michael Keaton, quien interpreta a un actor hollywoodense llamado Riggan Thomson, famosos en los 60 por haber interpretado al personaje de cómic Birdman, un superhéroe con alas capaz de volar y con extraordinaria fuerza. Hoy por hoy, Riggan Thomson es un sujeto que vive con el fracaso que significa para él ser alguien (casi) olvidado, desaparecer cada día más en el recuerdo de su interpretación pasada. Teme no poder realizar algo que valga la pena antes de morir, y por eso se entrega por completo, tanto mental como financieramente hablando, en la escritura, dirección y actuación de una obra teatral montada en broadway. La obra es nada menos que la adaptación de “De qué hablamos cuando hablamos de amor” (“What we talk about when we talk about love”) de Raymond Carver.

(Paréntesis: Raymond Carver fue un escritor estadounidense que vivió entre 1938 y 1988 y que es mundialmente conocido por sus cuentos. Fue alcohólico hasta unas pocas semanas de su muerte. Menciono estos elementos porque son importantes en la interpretación de Keaton y de Edward Norton (quien interpreta a Mike Shinner, un actor de teatro de un comportamiento a ratos hostil, a ratos pornográfico, una especie de obsesivo esceno-maniaco incapaz de sincerarse una vez que baja de las tablas), ambos una especie de combinación de Raymond Carver; Shinner como el Carver joven, alcohólico, mujeriego, un tanto descentrado, y Thompson como el Carver viejo, rehabilitado, pero lunático, afectado por el paso del tiempo y la soledad).

El problema de Thompson es que no es solo un personaje, es también su alter ego, el superhéroe alado que le habla constantemente durante toda la película. Es una voz anidada en su cabeza que lo atormenta con la idea de que su verdadera derrota es estar en ese sucucho de teatro en vez de estar ganando millones y siendo visto por billones en el estreno de Birdman 4 que tanto exista a los fanáticos japoneses. Y cada vez que la escucha entra en juego el sonido de una batería (interpretada por Childish Gambino a todo esto), al parecer, también una creación de su mente. Entonces, Thompson se debate constantemente entre quién es y a quién le cree. El quiere ser un actor conocido por más que Birdman, quiere ser más que un actor de teatro que no le alcanzó, quiere ser más que un papa ausente, quiere ser más que un hombre todavía enamorado de su ex y con un pavor total por las locuras de la chica con la que mantiene una relación tempestuosa. Quiere, finalmente, sacarse a Birman de la cabeza y sorprenderse, demostrarse que es capaz de más de lo que él espera de sí mismo…

Drive, la simpatía humana destrozada

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Corría el año 2011 y las películas más rescatables en occidente aquel año serían las siguientes: Medianoche en Paris, Un método peligroso, La piel que habito, El árbol de la vida, El artista, Moneyball, The Help. Pero luego vino Drive, y destrozó toda la simpatía humana.

Drive, película dirigida por Nicolas Winding Refn, quien fue premiado en Cannes como mejor director aquel año, gira en torno a un joven anónimo (solo se refieren a el como Kid, es decir, chico) que destaca como conductor, trabaja en un taller de autos, ocasionalmente realiza apariciones en cine como doble conduciendo y, ocasionalmente, realiza trabajos para criminales donde él es quien los espera con el motor encendido para escapar. Tiene, eso sí, dos reglas: nunca da su nombre y nunca trabaja dos veces para la misma persona.

Kid, interpretado de gran manera por Ryan Gosling, es, además, alguien solitario casi por naturaleza. Nunca se nos entrega información de su procedencia o algún pariente. Pareciera como si la ausencia de su nombre fuera suficiente indicio de otras ausencias en su vida, sobre todo a nivel emocional. Por lo mismo, la historia da un vuelco cuando entabla una relación con su vecina y este se enamora de ella. El cambia, o se transforma en lo que siempre quiso ser, alguien que tuviera un motivo real para vivir, un motivo que pusiera calma a sus noche de insomnio manejando por la ciudad (la visualidad de esas escenas envuelven toda la película en una densa y fosforescente neblina en la que él maneja errante y sin freno, pero en control).

En aquel deambular aparece el conflicto: mafiosos que quieren robar y lo empujan para ser el conductor en un negocio en el cual no quiere entrar ahora que tiene un motivo, y la aparición del esposo de sus vecina, quien estuvo encarcelado y ahora en libertad busca reivindicarse con su esposa, alguien que evidencia un cansancio al cual su vecino había puesto una sonrisa, tal vez incluso revivido un espacio de deseo. El esposo es quien utilizan los mafiosos para apurar a Kid. Debe plata de su tiempo en la cárcel y, en su desesperación, le pide ayuda al único con quien puede confiar en este momento, el vecino que (intuye) tiene algo con su mujer.

Y ahora la simpatía: él accede, a sabiendas de que si no lo hace tanto su vecino como la mujer que ama y el hijo de ella corren peligro. Hasta este momento, todos, incluido los mafiosos, eran buenos tipos, sonreían, hacían reír, abrazaban, bromeaban. Después de esto mostraron sus verdaderas cartas: cada uno tenía un cuchillo con el que matar a otro.

Kid, o mejor dicho, el esposo de su vecina es engañado y lo matan cuando tiene que realizar el robo, pero él tiene el dinero y arranca en el auto escapando de quienes querían desde siempre quedarse con el botín, los mafiosos que lo pusieron en esta situación. Ahora cada parte quiere recuperar lo que tenían antes: los mafiosos su dinero, y él su tranquilidad.

La película propone ahora un debate más profundo en el espectador. Si hasta ahora el trato de la imagen, la trama, el auto y la chica nos han mantenido atentos y expectantes, el desenlace aparece de forma estrepitosa: no solo es el fin del relato, sino que también el comienzo de una duda: ¿para preservar la posibilidad de vida de unos, es necesario sacrificar la posibilidad de otra persona, la mía? Kid debe escoger y valorar su propia posibilidad de reivindicarse o bien, destruir esa opción y permitir que quien le mostró esa posibilidad siga su vida y no sea destruida. Para aquello, toda la simpatía previa de la historia es aniquilada.

La escena final deja en claro la solución que él toma: entrarse nuevamente en la neblina fosforescente de las noches de insomnio, probablemente en otra ciudad y en otra vida, pero nuevamente apagado, como si fuera un zombie capaz escapar a más de 100 kilómetros por hora de su pasado ausente.

Investigación previa para la escritura ciencia ficción: ser o no ser un robot.

Pareciera que al hablar de robots o ciencia ficción la gran mayoría no piensa “ah, que inteligente este pibe”, sino más bien “bueno, le gustan, ya está, mejor eso a que toque batería todo el día y no nos deje dormir”. Incluso, en este texto partí haciendo alusión al mayor de los prejuicios que conlleva el gusto por la ciencia ficción, la idea de que está pensada para niños y, por ende, todo aquel que sea considerado adulto y disfrute de esto es, de alguna u otra forma, alguien inmaduro. Series como The Big Bang Theory no hacen otra cosa que corroborar aquel hilo de pensamiento, incluso cuando pareciera que buscan combatirlo. Más aún, 2001: A Space Odyssey (que si mal no recuerdo ya he mencionado en otra entrada) es una película tan buena, que pareciera vulgar hablar de ella como algo infantil, pero cuando no puede ser directamente tratada así se busca en los resquicios de lo absurdo y se habla de una película para “cinéfilos”, esos sujetos raros capaces de pasar horas frente al computador viendo la nueva ola de cine negro japonés mientras descargan un colección con comentarios del director de la última película de Christopher Nolan (la trilogía reciente de Batman, o InceptionInterstellar, entre otras). Cuando alguien es algo que es considerado “raro”, listo, suficiente para llamarlo un adulto inmaduro.

Digo esto con dos objetivos en mente. El primero es desmentir aquello, incluso cuando sea realidad, es decir, cuando haya ciencia ficción que infantilice a su público. Y el segundo es analizar una película que me permitirá cumplir el primer objetivo. La película es el remake de RoboCop, la cual hizo su primera aparición en 1987, y en el año 2014 el director José Padilha (nacido en Brasil, 1967) realizó nuevamente y con un presupuesto considerablemente más alto que los “escuetos” 13 millones de dólares con los que contó la primera.

Frankenstein, o el Prometeo moderno nuevamente

La película trata (original y remake) sobre una empresa que diseña robots y quiere, para convencer a los ciudadanos estadounidenses, crear un humanoide total (cuerpo robótico, pero mente, pensamientos y sentimientos humanos). La compañía logra este propósito cuando aparece el candidato perfecto para el experimento: tratan de asesinar a un detective y este resulta con quemaduras del 80% en su cuerpo y además de la pérdida de sus extremidades. Se le ofrece a la esposa la posibilidad de que su esposo sobreviva pero al costo de convertirse en más máquina que en ser humano: su cerebro, corazón y pulmones es lo único que pueden rescatar. Ella acepta.

En este instante entre nuestro doctor. RoboCop, sin ser espectacular, se esfuerza por introducirse en diversas áreas de la cultura literaria de ciencia de ficción, y la primera es la imagen de un doctor que, como una especie de dios de las últimas esperanzas, es capaz de dotar de vida nuevamente a su paciente, tal cual el doctor Frankenstein en el clásico de Mary Shelley.

To be or not to be

La segunda referencia es a nada menos a William Shakespeare. El protagonista de la película, en constante dialogo con su doctor (un siempre rescatable Gary Oldman), debe tomar una decisión: ser o no ser un robot, es decir, ser o no ser humano. La decisión de mantenerse con vida es, al igual que para el príncipe de Dinamarca, una decisión motivada por la venganza y una que coquetea con el suicidio. RoboCop, una aparente película de franquicia sin interese estéticos, al combinar ambos conflictos (la indecisión y tragedia shakesperiana más la complejidad futurista de Frankenstein) se introduce de lleno en un ámbito cultural riquísimo, siempre esquivo al mainstream de los superventas, pero la película es estadounidense, ser superventas es el siempre el plan.

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America – Best country in the world

Si ya mencioné dos riesgos tomados por la película y su trama, tal vez el más osado es la completamente ambigua relación que se establece con Estados Unidos como un país genial o uno de mierda.

Más allá de mi opinión, la película (el remake) pone sobre la mesa una cantidad importantísima de conflictos que la sociedad norteamericana pareciera experimentar. De aquellos que me llaman la atención destaco dos: el primero es que la empresa que crea la estructura robótica de RoboCop no es capaz de abordar la emoción. Un hombre, un guitarrista flamenco que perdió su mano le entregan una prótesis de última tecnología y, por unos segundos, su música vuelve a sonar como siempre, como si nada hubiera pasado, pero la ilusión dura lo que duran la gran mayoría, poco y nada, pronto el guitarrista se tupe y las notas dejan de sonar con la belleza que evidenció al comienzo. La enfermera indica una subida en sus niveles emocionales y, consecuente, el doctor le pide tranquilidad, indicando que la emocionalidad interfiere en el funcionamiento de la prótesis inteligente. El guitarrista, como si le hubieran dicho una pelotudes, le responde sorprendido: ¿cómo voy a tocar sin emocionarme? Esa pregunta es tan fuerte que permite entender (casi) todos los conflictos de la película, en especial el que detona el surgir del robot-policia: los norteamericanos se debaten en el senado si es que van a aceptar que robots protegen a la comunidad y cuiden sus calles, pero no quieren que quienes los protegen no tengan emociones (pueden -ellos mismos lo avalan y desean así- hacerlo en otros países, pero no en el suyo). El estadounidense promedio pareciera vivir sin emocionalidad, pero, al mismo tiempo, la demanda, ya sea en redes sociales, en grupos de apoyo, en matanzas colegiales, en competencias deportivas, en invasiones extranjeras, suma y sigue…

El segundo conflicto que me llama la atención pasa sin mucha gloria en la película, pero es tema central en la campaña presidencial del republicano más idiota que hemos tenido el placer vomitivo de escuchar, Donald Trump (conseguir aquello es difícil, hay una lista importante de republicanos que quieren o han querido aquel premio). El conflicto que menciono es China, específicamente, la mano de obra y trabajos en China, que según Trump es una batalla que Estados Unidos tiene que ganarle al gigante asiático, pero, como dice mucho más elocuentemente Bill Maher (comediante y analista político estadounidense), fueron ellos mismos quienes crearon esos empleos y no esa la razón (si es que acaso la hay) por la cual hay que odiar (como hace Trump) a los chinos. Irónicamente, la tecnología que salva al mundo y promete salvar a Estados Unidos se construye en medio de un campo de arroz con miles de chinos trabajando en masa para construir el nuevo superherore de la nación violenta.

Para cerrar, un recuerdo y una canción.

El recuerdo son las palabras que elaboró un actor de cine estadounidense: “Que bueno que esté Trump, ahora miles de personas que piensan igual que el están hablando, esa es nuestra realidad”. Es lamentable, pero realmente hay, hasta antes de la aparición de un competidora fuerte en el partido republicano (gracias (¿?), Carly Fiorina), una mayoría para nada silenciosa que concuerda con la xenofobia y discriminación propuesta por Trump. ¿Qué será mejor, en eso me he pasado los días, será mejor que esa mayoría se muerda la lengua y entienda que sus ideas no van, o que hablen y se unan en torno a una figura repudiable para que el resto despierte y fortifique sus posturas en torno a temas intratables? Los peligros de todo aquello, eso pienso mientras veo un policía volverse robot un viernes en la noche.

Y finalmente, la canción, la ultima ironía o error garrafal de la película: terminar una película con un discurso vulgar sobre “America, the best country in the world” acompañada de la nada gringa banda The Clash y su himno: I Fought the Law.

I fought the USA sonaría mejor.

Pd:

I fought the law – The Clash: https://www.youtube.com/watch?v=KsS0cvTxU-8

Bill Maher contra Donald Trump: https://www.youtube.com/watch?v=vuP1e0RNF-0

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Un perfil

Hoy escuché una historia que vale pena repetir.

Un profesor de matemáticas se aprovechó de una broma que circuló en la mesa y largó un relato que por momentos silenció el murmullo del comedor y lo único que se percibió, además de su voz y sus pausas, fueron las delgadas pero constantes gotas de lluvia que se habían precipitado sobre los juegos escolares.

Eramos cuatro, tres terminábamos nuestro postre, él nos esperaba con sus platos vacíos ya que había llegado a comer antes que nosotros. Alguien se equivocó y lanzó un dulce entre niños, mencionó la idea de volver a la “oficina” y dormir una siesta antes de volver al “combate”. Entre risas le pedí que ni lo mencionará que mi próxima hora post almuerzo estaba libre y la atención me dejaría sin avanzar en mis correcciones. Ahí el profesor tomó el relevo.

-Años atrás, cuando trabajaba en otro colegio, un profesor lograba algo que nunca había visto y ni vi después en un establecimiento educacional. Un vez que terminaba de comer, sin levantarse decía “con su permiso” y apoyaba su cabeza en su mano apoyada en la mesa y quedándose dormido inmediatamente. 10 minutos, no más, luego se refregaba la cara con las manos, como si las mojara con agua, y luego regresaba a la sala como siempre.

Mientras contaba el profesor esta historia su vos iba encontrado emoción, y lo que en primera instancia era percibido como una anécdota con una cuota de humor se transformó rápidamente en una verdadera expresión de admiración.

-Era raro, lo que hacía, pero daba lo mismo, llegaba siempre a la 5:30 am. y se iba bien pasadas las 19 horas. Nadie llegaba o se iba antes que el. Ese micro descanso era merecido. Hasta de eso sabía, si total, dirigió un colegio por 30 años, y cuando se jubiló a los 65 volvió a trabajar por 5 años más. Algo de experiencia tenía el señor.

El profesor que me/nos cuenta esta historia es uno parecido. Siempre temprano, siempre después de (casi) todos. Es, a veces, un tanto huraño o retraído, por lo general en el recreo de desayuno no suele conversar mucho y son otros profesores lo que se acercan para comentarle de un guía, pedirle un consejo o información sobre un niño o un caso particular. Él siempre se muestra dispuesto a ayudar. Con los colegas nuevos no es muy expresivo, yo lo conocí por sus compañeros de departamento, más jóvenes, y no es un profesor que uno considerara cercano pese a varios almuerzos sentados en frente. Tal vez sea yo también un no tan conversador cómo creo ser.

Finalmente, el profesor cierra este recuerdo en su formación pedagógica con una historia más personal, pues él era el involucrado directo.

-Años atrás, nosotros hacíamos la prueba con un esténcil. Lo poníamos sobre las hojas y dejábamos impregnadas las preguntas. La primera vez que yo tuve que realizar una de esas pruebas andaba con el esténcil para todos lados, con el propósito de que no se me perdiera, pero ocurrió exactamente eso, para el tercer recreo ya no tenía el esténcil y no sabía qué hacer. Se debe haber quedado en una de mis salas pensé. Fui a todas, recorrí cada pasillo y nada. En mi desesperación el director me encuentra en un departamento y me pregunta qué me pasaba. Le cuento el problema temiendo lo peor, que un alumno se haya llevado el esténcil y la prueba quede inhabilitada ya que tendrían las preguntas los alumnos. El profesor me miró y preguntó escuetamente:

-Espere un segundo, ¿es probable que un alumno tenga las preguntas?

-Si.

-¿Y con ese material el alumno aprendería todo lo que necesita para la prueba?

-Si-

-Entonces no se preocupe, que aprenda no más, si eso es lo que queremos. Hagamos otra prueba, yo lo ayudo, cambiamos algunas cosas y listo.

Todos nos reímos. Esas expresiones recuerdan la tranquilidad que quisiéramos tener en cada momento como profesores. Pero lo raro es que pareciera ser la experiencia la que te la da o te la quita, no el apuro por conseguirla.

True Detective, o cómo ser padre y resolver un crimen.

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Hace un tiempo, antes de que empezará la segunda temporada de True Detective, pensé en escribir apenas salido el primer capítulo (iba a comparar aquel ya lejano inicio con la temporada que le precedía, ver qué cambios eran observables), pero me desperté el lunes para ver que todos habían echo aquello y, quienes no lo hicieron cayeron pronto en una serie de listas inútiles de razones para converse de porqué no era mejor esta temporada que la anterior.

Post la desmotivación que significó aquello, y tras un día dedicado a ponerme al día con los dos últimos capítulos que no había podido ver, consideré que podía tener algo más que decir ahora que ya ha transcurrido 3/4 de la temporada y solo faltan dos capítulos.

Primero marcar los cambios:

No solo no está el director de la temporada anterior, sino que hay una lista de directores que se han hecho cargo de cada capítulo: Justin Lin los dos primeros, Janus Metz el tercero, Jeremy Podeswa el cuarto, John W. Crowley el quinto, Miguel Sapochnik el sexto, y Dan Attias el séptimo que se estrena mañana. No se ha revelado todavía el director del capítulo final.

Además, Nic Pizzolatto, guionista, creador y productor de la serie, compartió rol de escritura en los capítulos quinto y séptimo junto a su colega novelista Scott Lasser.

Consecuencia o no, se puede percibir un cambio en la percepción de la audiencia: si la temporada anterior partió con 2.33 millones de espectadores en EE.UU. y terminó con un alza considerable alcanzando los 3.52 millones, la actual aprovechó dicho final para comenzar con 3.17 millones, pero salvo el quinto capítulo, todos han sido visto por menos personas que el anterior, con el sexto capitulo televisado por 2.34 millones en total.

A nivel de trama, una historia íntima y tormentosa, tanto por sus pasados como por sus presentes, entre dos hombres (Rustin Cohle y Martin Hart), es ahora una historia entre cuatro personajes principales (el detective corrupto Velcoro, interpretado por Collin Farrell; el (ex)mafioso Frank Semyon a cargo de Vince Vaughn, la detective Bezzerides por Rachel McAdams y el oficial -ex ejercito- Woodrugh encarnado por Taylor Kitsch).

Ahora, lo que me parecen:

La explicación para tanto director solo la debe saber Pizzolatto. Ahora bien, tres de los mencionados (Jeremy Podeswa, Miguel Sapochnik y Dan Attias) son conocidos en distintos sets por hacer lo que hicieron en esta serie, dirigir uno o dos capítulos de diversas series (desde Miami Vice hasta Game of Thrones). Justin Lin fue director de Rápido y Furioso entre otras cosas (su participación en los dos primeros capítulos responde a aquello: la carretera es el centro del relato y sus tomas aéreas se han  utilizado en todos los capítulos para dar un marco espacial recurrente al espectador, al igual que la cantina que visita Velcoro y la cantante folk que la acompaña, Lera Lynn, un grato descubrimiento). Los otros dos son más difíciles de explicar. John Crowley se ha dedicado toda su vida a dirigir en teatro, sun incursiones en la pantalla son en cine (7 películas en total, dos en base a obras teatrales), y en una, Intermission, una comedia, ya ha dirigido a Farrell. Mientras que Janus Metz es un premiado director danés conocido por sus documentales. Es decir, o HBO dijo “ok, Pizzolatto no dirige, nosotros metemos mano y recomendamos 4 o 5 para que se hagan cargo”, o Pizzolatto le debía favores o agradecimientos a otros tanto. Lo más probable es que se dieron ambas. Ahora, el resultado es particular, no podría (no tengo los conocimientos ni el ojo) asegurar que es notoria (bien o mal lograda) la posta de dichos nombres, pero es claro que la oscuridad de Louisiana profundo y embarrado en lodo ya no está, y eso se consiguió tanto gracias al estado mismo como a la dirección de Cary Joji Fukunaga (este permaneció como productor ejecutivo), el encargado de los ocho episodios de la primera temporada. Además, siempre me inclinaré por el trabajo de una sola persona, así, el resultado será un logró de él en su profundización como director, o bien un fracaso en su incapacidad de estar a la altura.

Dejaré la discusión con respecto al guión para el final. Y con respecto a la audiencia, da lo mismo, nada se puede asegurar de dichos datos. Puede ser que menos gente viendo la serie sea consecuencia de un mal trabajo o bien, que la serie se ha de volver de culto y no necesita de la sangre del televidente porque su objetivo es calidad sin considerar rating. Repito, no se puede decir nada… todavía.

Los cuatro actores principales, a mi parecer, han estado a la altura. Si preferimos uno y otro, creo que el diálogo ha tenido que ver en dicha conclusión y no tanto sus trabajos como interpretes. Ahora bien, destaca McAdams en su tormento y Farrell en su desgano (toda las batallas de su vida ya están perdidas, no le queda una, tal vez ni siquiera la venganza que promete en el capítulo seis). Kitsch cumple, y de buena manera. Tal vez Vaughn es el más cuestionado, pero, no sé porqué, seré amable y diré que debe más a los diálogos que le asignaron que a su actuación. En todo caso, puedo estar equivocado.

Finalmente, el guión. Mi primera seguridad es esta: Pizzolatto tuvo un hijo el 2014, la primera temporada de True Detective. Luego, se encontró con que gente lo apoyó y luego más gente vio su serie. EL número de gente creció y, una vez terminada la temporada, la gente que lo apoyó decidió brindarle nuevamente su apoyo: firmó por dos temporadas más. el problema surge cundo se encuentra con un aspecto desconocido, o mejor, no experimentado del azúcar que es HBO: el canal saca al aire, en promedio por semestre tiene 6 a 8 series en actividad. Es decir, a la serie que le va bien, si renueva su contrato en 6 meses más tendrá un nuevo ciclo al aire. Pizzolatto, entregó todo en su primera temporada, hasta el punto de considerarse poseído en alguna forma. El se encarga de explicar dicha obsesión, que lo llevaba a escribir 48 horas seguidas y luego dormir 20, con la siguiente ética personal de trabajo:

“It’s like, you got one shot, man. Don’t you want to swing for the fences? And in an industry like this, it’s one kind of heartbreaking if something is exactly what you wanted and people don’t connect to it. But it’s a much greater heartbreak if something doesn’t end up how you wanted it to be and then people don’t connect to it. Because then you’re like, “What am I even doing?” (“Inside the Obsessive, Strange Mind of True Detective’s Nic Pizzolatto”, entrevista de Andrew Romano para The Daily Beast, el 2 de abril de 2014, http://www.thedailybeast.com/articles/2014/02/04/inside-the-obsessive-strange-mind-of-true-detective-s-nic-pizzolatto.html).

Es decir, el tipo dijo o voy con todo y no me arrepiento, aunque no le guste a la gente, o lo hago a medias y además no le gusta a la gente, y ahí se acaba (y pudre) todo.

Pero en la segunda temporada tiene menos tiempo para escribirla. La primera comienza como novela en 2011, luego se transforma en una serie para televisión, y en 2012 es un total de 500 páginas con piloto aprobado. En cambio, para el segundo ciclo empieza a escribir en 2014 mientras se estrenaban los capítulos en la televisión y sin la seguridad total de si esto continuaría. La segunda temporada es una celebración a su logro (pudo en su primer intento contra la bestialidad californiana de Hollywood), pero a la vez es un intento por no dejar que este logró se disipe en el aire como lo hace una foto de snapchat (lo digo sin tener claro (todavía) cómo funciona esa aplicación). El problema es que, con escasa pruebas, más sensaciones realmente, me parece que este nuevo ciclo tiene menos alma que aquel que lo catapultó a la gloria.

Mis (escasas y pobres) pruebas: la trama se ha vuelto más simple y los giros menos sorpresivos. No creo que sea yo, o bien cualquier otro espectador los que desciframos la manera de escribir de Pizzolatto, sino que él limitó sus cambios y, al hacerlo, se volvió más predecible. Ahora la historia gira no tanto en la profundidad del misterio (Carcossa y The Yellow King todavía son marcas en mi experiencia televisiva que pocas otras series o películas han logrado dejar), sino en el entramado de historias personales y cómo se van a resolver, pero muy pocas dependen de aquella resolución. La homosexualidad de Woodrough y su futura paternidad no depende en nada de si descubren quién mató a Caspere y con qué intención. Tampoco descubrir si Velcoro es padre de su hijo o este es, como él teme, hijo de la violación que sufrió su esposa cuando se casaron. De la misma forma, en nada depende la posibilidad (nuevamente en la mesa) de adoptar un hijo de parte de Semyon del resultado de la investigación (tal vez monetariamente sí, pero Semyon ha sido presentado como un sujeto capaz, es decir, si no es ahora será más adelante cuando no esté tan aproblemado). Por último, en el capítulo recientemente estrenado, Bezzerides, bajo los efectos del éxtasis que se vio obligada a tomar en la fiesta de prostitutas a la que fue encubierta, experimenta extrañas alucinaciones en las que recuerda un rostro. Este pareciera ser el rostro de su padre. El problema surge con que dicho rostro lo asoció cuando la fiesta se transformó en una orgía descontrolada, viendo a su padre en distintos hombres que follaban con las prostitutas, o en un hombre que se masturbaba viendo a otro empresario con dos chicas. Todo indica que de chica fue abusada por su padre y aquel recuerdo había estado bloqueado en su cerebro hasta ahora. Pero, volviendo al punto, aquello tampoco depende de la resolución que tome el caso.

Entonces, qué queda? Rust y Cole cambiaron por el caso que asumieron, y nosotros vimos su cambios durante todo el camino. Acá, los personajes no cambian por el caso, este es casi secundario y, me atrevo a aventurar, ya se encuentra resuelto: en las fiestas privadas que organiza el segundo de Semyon se conocieron y concretaron los tratos para sacar a este del corredor de ferrocarriles que lo convertiría en alguien legítimo. Caspere, quien manejaba la inversión de Semyon, es asesinado para uno, robar dicho dinero (sacando a Semyon de competencia) y dos, asegurar los terrenos entre las dos manos interesadas (los inversores rusos y el dueño de la empresa constructora para la que Caspere trabajaba, ambos asiduos concurrentes de dichas fiestas). Lo que los tiene todavía preocupados es que la muerte de Caspere vino de la mano con la desaparición de una cámara de video que contiene imágenes de las fantasías sexuales que al empresario le gusta realizar, pero no le gusta la idea de que se ventilen. El único cabo suelto es quién tiene el video y qué tiene que ver con el sujeto que disparó a Velcoro con postones en el capítulo dos y se llevó la grabadora. ¿Quién está detrás de esa máscara y aquella misericordia con el policía corrupto? La clave, poco investigada, puede estar en la afirmación que hace Velcoro un vez recuperado: quien le disparó debe haber sido policía, pues lo hizo con los pistones que ellos manejan. Tal vez alguna relación hay entre aquellos disparos y la afirmación de Irina Rulfo de que los diamantes le fueron entregados a ella por un policía para que los empeñara.

De sujetos perturbados por la repugnancia y escabrosidad del crimen que investigan, ahora tenemos cuatro personajes con daddy issues, problemas de paternidad sin resolver, ya sean padres que no los entienden (Velcoro) o padres ausentes (Bezzerides, Woodrugh y Semyon), o bien hijos que ellos no entienden o no entenderán (Velcoro y Woodrugh respectivamente), o hijos que (creen que) no quieren (Bezzerides y Semyon). El crimen es irrelevante para estos desenlaces, lo que no necesariamente es obligatorio para todo policial, dado que este es, desde sus inicios, un género en constante cambio (poco o nada hay del Sherlock Holmes de Conan Doyle en los Velcoro, Bezzerides, Rust y Cole de Pizzolatto). Mi queja está en que, en dicho cambio, Pizzolatto resignó profundidad al abordar cuatro personajes, sobretodo si uno (Semyon) es tan corrupto como los tipos que podrían querer encarcelar. Ahora el malo habla, aparece en escena, con lo que te das cuenta que en California, en una ciudad con excesivo calor e industrias contaminantes, un malo es solo parte del ganado. Ya no existe el individuo puramente loco de la primera temporada, ahora todos son lobos viendo quien muerde más fuerte sin ser descubierto. Y los cuatros protagonistas se deben entender, finalmente, como la imagen que cierra la canción inicial, cada uno una vía de carretera en la que se entrecruzan para luego, supongo, no verse más.

A modo de conclusión, el relato se entregó en frases para el bronce que no están enmarcadas en un contexto correcto: las conversaciones de Semyon y su esposa o los monólogos de este último, junto a las conversaciones unilaterales de Velcoro con su hijo gracias a una grabadora para dos, parecen forzados e innecesarios, como si se quisiera dar una dinámica de pensador filosófico a cada a una de sus intervenciones, cuando en realidad simplemente padecen con lo que no controlan, como todos. Y Pizzolatto buscó un cambio, lo que no es malo, pero lo hizo resignado cosas (un solo director, un solo escritor), cosas por las que se comprometió en la primera temporada y que le dieron resultados.

Falta ver el final y enterarnos si, pese a esta misiva desilusionada, el escritor de una, sin duda, gran serie, nos sorprenderá en lo último. Ya gastó 6 capítulos, le quedan dos.

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Dejo link con una serie de 16 postes alternativos para la primera temporada: http://www.rsvlts.com/2015/06/18/16-alternative-true-detective-posters-to-get-you-all-amped-up-for-season-2/

El Club, o los curas que siempre tuviste cerca

De fondo, Radiohead, In Rainbows, solo porque sí, por qué no?,

tal vés porque es tan triste como ver llorar a alguien por un animal.

Hace unas dos semanas se estrenó la aclamada y premiada película El Club de Pablo Larraín. Esta aborda la “realidad” de 5 curas alejados de sus funciones en la Iglesia por haber cometido diversos crimen o pecados que ameritan distancia social, penitencia y oración, o al menos así le parece a la Iglesia que los margina. Como película es fascinante. Silenciosa. Oscura. De una cercanía conflictiva. Con personajes levemente perversos, que en cámara son mínimamente perdonados por breves momentos. Con un pueblo que funciona, que “vive”, pero que recuerda a cementerio de esperanzas, como el sexo que no tuvo la pescadora con Sandokan (un perturbado y genial Roberto Farías). Es, más que nunca, una película necesaria, ya que cumple una labor detestable: ser capaz de mostrar una naturaleza entrañable de sujetos que una vez lo fueron, y para muchos, pero hoy son moralmente repudiados.

Es limpiar caca.

La imagen no es gratuita. Antonia Zegers interpreta a una ex monja que vive para cuidar a 4 curas, pero que también cumple penitencia junto con ellos, y que en un memento la muestran limpiando y colocándole un pañal nuevo al más viejo de los curas, interpretado por un iluminado Alejandro Sieveking (la capacidad con que evidencia su perturbación solo con sus cejas, sus facciones, es un capítulo aparte durante todo el relato: su gestualidad es lo más sincero que como espectadores podemos utilizar para entender cabalmente el clima de las situaciones vividas en la casa).

Lo que me motiva a escribir de esto es que siento la película perturbadamente cercana. Más bien, siento cercana la idea de limpiar caca, de haber crecido en un lugar que se vio enfrentado a limpiar sus pecados. Los “curitas del colegio”, como dice uno de los personajes, es una expresión certera para muchos de los que tuvimos alguna tipo de educación católica-cristiana con curas o monjas involucradas. Buenos colegios te diría la mayoría. Malas experiencias te dirían algunos. O pilas de mierda fondeada en una casa en la playa.

El desafío moral que propone la película corresponde, a mi parecer, a esa cercanía: cómo entender, o incluso justificar y, en algún grado, perdonar conductas deleznables, por muy cercanas o productoras de empatía que nos puedan parecer los personajes en sí? Que tire la primera piedra el que nunca ha sufrido conflictos internos y ha tomado decisiones en torno a ellos.

Y la película pareciera hacerse dicha pregunta a sí misma. Si un relato conductor es la presencia de Sandokan (hombre que fue abusado desde pequeño por un cura, quien además se suicida al poco tiempo de haber llegado a la casa de reposo cuando es increpado por Sandokan a través de un discurso memorable con que reproduce los abusos logrando que los curas, protegidos en las paredes de su casa, parecieran ser los abusados ahora, retorciéndose en sus asientos mientras observan por la ventana el espectáculo y urgen al cura increpado para que haga algo), repito, si un relato es su presencia, el otro es la noción de culpa, responsabilidad y perdón que todos los que son parte de la casa deben responder, es decir, todos los que fueron o son elementos de la iglesia. Cómo perdonar? Existe realmente la penitencia? Hay libertad en el encierro? Después del suicidio del cura, llega a la casa un padre joven, le dicen de la “nueva iglesia”, una reformista, que quiere cerrar los espacios como la casa de reposo par así eliminar el recuerdo producido por los errores de sus fieles. El problema es que no puede alcanzar ese objetivo si no encuentra real penitencia y reconocimiento de los errores personales en aquellos que han pecado. El cura de la nueva iglesia no logra contestar dichas preguntas y decide, cual Poncio Pilato, lavarse las manos del caos y entregarle al pueblo (los curas y la monja que habitan en la casa) el devenir de un hombre (Sandokan).

Finalmente, uno de los curas (encarnado en un genial Alfredo Castro) llora al perro que pierde por el caos desatado. Y su llanto por el único ser que le entregaba cariño pese a su asumida represión en torno a su deseo homosexual (“No me hable usted de represión, yo soy el Rey de la Represión”), evidencia que, tal ves, tragedias similares nunca esclarecen culpabilidad, solo evidencia el sufrimiento del que pareciera no van a escapar nunca.

Después de haber ahogado con un bolsa plástica al perro que cuidaban entre todos, la monja se acerca al padre que llora su muerte en el confesionario, arrodillado.

Monja: Perdóneme, padre.

Me va a matar?

Padre: No.

Monja: Me a perdonar?

Padre: (subiendo la mirada hacia ella) No, conchatumadre, no te voy a perdonar nunca.

Ese nunca se vuelve el amo y soberano en un película de perdones que no llegan.

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Migas

Hace unos días que no descansa muy bien. Tiene una forma muy irregular de respirar y por las noches esa sensación de ahogo se acrecienta. Todos creen que está bien, dada su condición, pero él no gusta hablar del tema, esconde los síntomas y evita miradas cuando la conversación se detiene por algún gesto suyo que no puede disimular, pero del cual rápidamente se repone pues se obliga a reaccionar rápido: cambia el tema de conversación con una pregunta que da botes por la mesa a la espera de que el más rápido de los comensales entienda la indirecta y desvié la atención, todo en pos de que una tos, un temblor o una vacilación pasen desapercibidos. Cuando pasa, cuando ya alguien agarró esa señal y se lleva el foco de atención lejos de su persona, ahí es cuando se siente realmente mal, no físicamente, sino cuando siente que debe esconder cosas, sobre todo a su familia. Siempre en ese instante mira por unos segundos las migas que dejó el pan que partió con sus manos hace unos segundos. Quisiera que sus problemas fueran migas que luego su nuera limpiará del mantel y botará a la basura, pero él sabe que esas migas realmente no se irán, se pegan a la ropa, caen al piso, las disfruta el perro, las miran sus nietos, pero de una u otra forma se quedan ahí, y cuando vuelve a su casa, acompañado por su esposa, a quien no sabe cómo agradecerle por lo que prefiere no contarle nada, en ese preciso momento en que cruza su puerta después de haber girado su llave en la cerradura, por un breve instante puede ver su casa con completa claridad, pero la claridad que da el miedo, y en esa claridad distingue manchas en los vidrios, polvo en una foto, hendiduras en una mesa, desgaste en las cortinas, todas sus cosas mimetizadas con él mismo, incluso con su esposa, quien siempre se ha mantenido muy bien, pero a quien el maquillaje ayuda a esconder el paso del tiempo. Y también ve las migas, pero no las migas de su desayuno en la mañana antes de ducharse, de partir su día, de acompañar a su esposa, de partir donde su hijo y de sentarse a ver un partido con su nietos, fieles calcos de esa tendencia familiar por hacer deporte y luego descansar viendo deporte; él ve las migas de su almuerzo del día anterior, migas de hace dos semanas cuando comió lentejas y algo de queso rallado cayó más allá del plato, ve las migas que trajo consigo del cumpleaños que le celebró a su esposa en un restorán hace unos 4 meses, ve las migas de la última navidad que celebró en su casa con sus hijos, incluso ve las migas que nunca pudieron caer en su alfombra, como cuando se preparaba a comer y su esposa rompió su fuente de agua y él la agarró en brazos, la subió al auto y la llevó al hospital de carabineros a pesar de que no le quedaba muy cerca y de tener que manejar con una mano mientras con la otra sostenía la mano de su mujer y el cinturón de seguridad que hace unas tres semanas ya no le cruzaba por el embarazo. Vio tantas migas, tantos recuerdos, que sintió que podía nadar en su casa porque esta era ahora una repesa de lo que no terminó de comer, un espacio contenedor de su vida y que abrir la puerta no lograría que esa sensación se escapara, pues eran migas con el hábito de impregnarse a las cosas. Sus paredes ahora estaban cubiertas de sus texturas y formas, y recorrer la casa no era otra cosa más que observar cómo una partícula diminuta de comida podía contener un mundo de información, de su información. Se sintió detective, no resolviendo un crimen, pero sí encontrando evidencias de sus alegrías y sus penurias. Se sintió un ingenuo con dicha, encontró un refugio y un archivo de sus decisiones cuando entendió la tenacidad de las cosas por no morir. Tuvo miedo de que su esposa, o sus hijos cuando él ya no estuviera, pudieran descubrir de dónde salieron esas migas, o peor aún, qué significaban. Son para él fotos, o peor, el negativo de sus fotos que se reproducirían sin fin una vez terminada su vida. Imaginó a todos quienes lo conocían con una boca de polaroid y un ojo con flash, imprimiendo a los pocos segundos cada momento en que lo vieron llorar, caerse o peor, moverse lento, no tener fuerza. Sintió deseos de limpiar, pero no lo va a hacer. Tiene que avanzar, y sabe que un movimiento suyo va a esconder la claridad aunque él no quiera perder este momento, pero es inevitable. Su esposa prende la luz de entrada y una nueva claridad invade sus ojos, la luz amarilla que cuelga sobre su cabeza permite descubrir otras cosas, su mesa de entrada donde guarda algunas cartas sin abrir, el calor de la estufa a parafina que dejaron prendida antes de salir, calor que solo llega a sentir cuando la luz le permite ver la estufa encendida y, por último, su gato, al que ve descansar sobre un sofá y le produce tranquilidad saber que al menos hay alguien a quien no tiene que dar explicaciones por su comportamiento, por su melancolía. Cierra la puerta tras de sí, avanza y sacude su chaleco que se le arrugó manejando. Ya no está pendiente de las migas, las recordará la próxima vez que entre por su puerta después de compartir con aquellos a los que les esconde cosas, por lo que no se da cuenta cuando caen unos pedacitos de galleta sobre la alfombra. Ahora esos pedacitos son la última adquisición en este archivo memorioso-alimenticio que guarda de su vida. Ya no está pendiente, pero eso no quita el estar consiente de que en algún momento esas migas se dejarán de apilar y quedarán a plena vista, él dormido y su vida expuesta en aquello que no entró a su boca, reflejo de lo que no dijo, fotos de lo que no quiso hacer, pero no pudo evitar, como toser y generar preocupación, como preguntar algo para que no se dieran cuenta de las migas que se llevaba en el chaleco.